El hogar de paso recibe donaciones, así que si quieres ayudar, ¡pégate el viaje! vale la pena.

Sitio creado por Tatiana Rojas y Maria Claudia Angarita.

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LOS REYES DE LA CALLE

Ciudadanos en condición de calle y sus mascotas 

En Bogotá se creó el primer hogar de paso para carreteros y animales de compañía y gracias a él, varios ciudadanos han empezado su proceso para salir de las calles.

- Por: Tatiana Rojas y María Claudia Angarita

Este hogar de paso ubicado en la Calle 18#14- 36 en la localidad de Los Mártires, es el único lugar en Bogotá que permite a los ciudadanos habitantes de calle, entrar con sus carretas y sus mascotas. Allí reciben alojamiento, alimentación, atención médica y acompañamiento, tanto personas como perros y gatos.

El lazo de amistad entre un animal y una persona es único e irrepetible. Para muchos, su mascota es más que un animal de compañía: es su familia. Para Sol, habitante de calle de la localidad de Los Mártires, Toby, un pequeño cachorro, es como su hijo. Hoy vive en el hogar de paso para carreteros y animales de compañía, el único lugar donde puede comenzar su proceso de resocialización acompañada de su amado amigo.

Es común el pensamiento de que los habitantes de calle son solo unos delincuentes. “Son vagos que nunca quisieron hacer nada por su vida”, dicen; “lo único que quieren es plata fácil para el vicio”, dicen; “no los mires, tendrás que darles una moneda", dicen.

Pero la realidad de los 9,538 habitantes de calle en Bogotá es diferente. Muchos sufren los peligros de la calle y hacen todo lo posible por salir de allí, y encuentran en sus animales la razón para hacerlo de una vez por todas.

El centro de Bogotá es un lugar que atrae a muchos turistas extranjeros, a quienes les gusta ver las coloridas casas coloniales de la Candelaria y los edificios históricos. Pero no pasan de la carrera octava, hacia el occidente, donde el paisaje deja de ser colorido; el humo de los carros de la Avenida Caracas decora los edificios de gris y las barras del separador del Transmilenio dan una sensación de encierro; donde los habitantes de calle se vuelven los reyes de la calle y el olor a orina penetra la nariz hasta lo más profundo de los pulmones.

Bajando por la calle 18, entre los comerciantes de partes de motos que se abalanzan a los carros para ofrecer sus productos, se ven dos puertas enormes de color azul que se posicionan como la entrada a una gran fortaleza. Este es el hogar de paso que ofrece 100 cupos al día y 100 cupos en la noche para los habitantes de calle, y 20 para sus animales.

Frente al hogar estaban sentados, en el andén mojado por la lluvia y sucio por el polvo, Javier y Rocky, un pitbull dorado que en su cabeza se le veían las cicatrices que alguna vez le dejaron las peleas callejeras.

Javier, de tez morena con arrugas que decoran su frente, esperaba pacientemente a que le abrieran la puerta, con la esperanza de que el veterinario estuviera trabajando ese día y pudiera revisar la pata de su amigo perruno que se cayó de la carreta el día anterior. Se paró un momento caminando con dificultad, pues una de sus piernas lo hacía cojear, y se arrimó a su carreta para recoger algo.

Hoy Javier y Rocky son unos de los beneficiarios de la iniciativa de la Alcaldía y de la Secretaría de Integración Social.

- Venga, tome la foto así – grita mientras vuelve con rapidez a abrazar a Rocky y sonreír para la cámara.

En la calle la sensación de inseguridad se apodera del ambiente y la paranoia hace que las piernas caminen cada vez más rápido para evitar un robo. Pero adentro del refugio, es otro cuento. Los malos olores desaparecen, las caras son amables y todo está impecable. 

El golpe en la puerta de algún visitante al hogar suena terrorífico, como alguien que pide entrar en la fortaleza, esa que les permite a los habitantes de la calle protegerse, al menos por unos días, de los peligros de las calles. Al interior se mezcla la decoración hecha por ellos mismos con los avisos oficiales. “La hora de salida en la mañana sin desayuno es de 6:15 a 6:55”, dice uno de los avisos. “Haz siempre lo mejor, no te arrepientas de nada”, reza otro.

Desde la entrada los ojos curiosos de quienes allí se hospedan examinan cuidadosamente al extraño visitante. Con una sudadera azul y un número colgado de su cuello, que indica el camarote que les fue asignado, caminan de arriba abajo en los tres pisos del hogar, preparándose para las actividades culturales que tienen ese día.

Es difícil olvidar aquello que siempre se ha dicho sobre lo peligrosos que son los habitantes de calle. Siempre las advertencias van hacia no hablar con ellos, porque son delincuentes. Pero al estar allí es evidente que ellos solo son personas que viven día a día tratando de superar los vicios que una vida en la calle les ha dejado, o que ellos mismos han elegido.

- Yo siempre había querido un perrito y mi esposo me regaló a Toby – dice Sol, quien vive en la calle desde hace 25 años, cuando llegó de Medellín. Estuvo en el Cartucho y en el Bronx, donde la inseguridad de la calle la atrapó y la hizo sufrir crímenes que solo a las mujeres les pasa, e incluso recibió en una ocasión 7 puñaladas en su estómago.

Con sus tres lunares en el rostro moreno, uno encima de la ceja izquierda, otro en la nariz y otro en el cachete, Sol cuenta sin tapujos su historia, y con sus labios decorados con labial rojo sonríe a quien pase a su lado.

- Él es muy juicioso, cuando pagamos pieza con mi esposo duerme en la cama con nosotros y todo y si tiene que hacer algo, lo hace en el piso – dice sobre Toby, que llegó al lavadero de carros donde trabaja su pareja. Toby tenía 7 hermanos de los cuales murieron 5 y finalmente él llegó a las manos de Sol, escuálido, como un pequeño esqueleto con pelo.

Ella se siente inmensamente feliz ahora que lo tiene y lo mira con orgullo al saber que logró convertir un pequeño esqueleto en un juguetón orejón que con ladridos pide que lo saquen a pasear.

A las habitaciones, con 10 camarotes cada una, llegan los huéspedes, muchos de ellos esperando que sus animales puedan quedarse con ellos y que el veterinario, que va 5 días de la semana, pueda revisarlos. Don Wilmar fue uno de los primeros en llegar en diciembre, cuando el hogar abrió sus puertas. Llegó con Negro y Niño, sus dos perros, de los cuales hoy solo queda Negro, pues Niño no sobrevivió a un ataque en la calle, situación de la que Wilmar no habla mucho.

Negro es el personaje principal del hogar. Además de ser el protagonista de todas las historias que se han hecho sobre el lugar, este peludo llega solo y raya con sus uñas la puerta principal para que lo dejen entrar, asegurándole a Don Wilmar un cupo para esa noche.

A veces no se sabe si el animal fue quien salvó a la persona o al revés. Lo que sí es seguro es que con su amistad logran pasar muchas noches duras en el frío asfalto de la calle.

Don Elías, por ejemplo, encontró a su perrita en la calle donde recogía el material reciclable en su carreta. Todos los días veía cómo el dueño de la perrita la golpeaba, hasta que un día decidió decirle que dejara de hacerlo. El enfrentamiento duró varias semanas, hasta que el dueño se cansó y le dijo que si tanto le preocupaba se la llevara. Y así fue.

Doña Helena se encontró a su perrita porque la empezó a seguir un día en la calle. Fue una amistad que se dio de inmediato, pues esa noche durmieron juntas.

- Lo más difícil es que nunca es suficiente para ellos – dice Karol Figueroa, la directora del hogar de paso, o profe como la llaman todos los huéspedes. Para ella, lo más satisfactorio de su trabajo es ver cómo ellos salen adelante gracias a los programas que el hogar les ofrece. Karol se encarga de todo el funcionamiento del hogar, y es quien propone las actividades diarias.

Cada cuarto tiene un solo baño, para las 20 personas que allí duermen, y no tienen permitido permanecer en el cuarto durante el día, pues tienen actividades culturales y educativas a las que atender. Incluso tienen un gimnasio donde pueden gastar toda su energía golpeando a una tula de boxeo.

En el tercer piso hay varios salones donde hacen las actividades. En uno de ellos la música reventaba detrás de la puerta, mientras allí adentro se escuchaban las risas y la conversación intensa entre varias personas.

- ¿Están en clases de baile? – es la pregunta.

- No, están en una sesión de belleza, pero ponen la música así para poder entrar en ambiente – dice Karol, mientras abre la puerta y revela a más de 10 huéspedes pintándose las uñas.

- De dónde viene – pregunta José, uno de los huéspedes. Con sus mejillas invadidas de arrugas y tan altas que casi cubren sus ojos, estaba en la sesión de belleza de la mañana, donde les arreglan las uñas y les hacen diferentes peinados.

Con emoción y orgullo, José muestra sus manos, dejando ver la manicure que le acababan de hacer.

-Quedaron lindas, ¿no? – dice mientras cruza sus brazos y se sienta en la silla a hablar con Andrés, otro huésped, a quien le estaban trenzando el cabelllo.

En el primer piso golpean la puerta. Es un nuevo huésped, buscando tener un cupo para entrar en la noche, con sus dos perritos. Karol le dice que solo le queda un cupo para un perrito, por lo que tendría que dejar a uno de sus acompañantes por fuera. Él, con una sonrisa humilde, le dice que no hay problema, que prefiere buscar otro lugar antes que abandonar a uno de sus fieles amigos.

Muchos de quienes allí estaban empezarán sus procesos de desintoxicación en otros centros que ofrece el distrito. Pero lo que los detiene es que allí ya no los reciben con sus amigos peludos. Y sin ellos no van a ninguna parte.

En una ciudad tan agitada como Bogotá es difícil recordar que todos tienen problemas, unos más grandes que otros, y que lo que la mayoría busca es superarlos.

Los habitantes de calle son personas, como cualquier otra, a quienes las dificultades de la vida los han llevado a las peligrosas calles de la ciudad. Pero no hay nada más bello que ver cómo una persona vuelve a florecer, y más cuando lo hace gracias al lazo que ha construido junto a su mascota.

Para ellos, el siguiente paso es salir de las calles y poder seguir con sus fieles acompañantes.

Para Sol, el mejor momento del día es cuando le da de comer a Toby, jugar con él y consentirlo.

 

Para Sol, ahora sonreír es su diario vivir.

 

Para Sol, la luz del día ya no se apaga. Ahora se siente segura y con dos motivos, Toby y su esposo, para seguir adelante.

FIN

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